27 de febrero de 2019

La burbuja científica y el desencanto de la investigación

/por Joan Santacana*/
Llevo mucho tiempo vinculado a la investigación y a la docencia; quizás más de cuarenta años. Este tiempo me proporciona una cierta perspectiva sobre el presente y el futuro inmediato. La investigación, al igual que la docencia, son tareas apasionantes. Cuando son reales, te absorben por completo y no hay forma de librar al cerebro de la necesidad de pensar. El deseo de aprender, de descubrir, de investigar se convierte a veces en obsesión.  Esto ha sido siempre así y seguirá siéndolo. El estimulo de investigar no suele ser proporcional con la recompensa económica. Sin embargo, a pesar de ello, el investigador actúa impulsivamente y no puede hacer otra cosa. Esta pasión por la investigación la han conocido muchos y muchas científicos de las generaciones pasadas.


Sin embargo, desde hace algunas décadas, la existencia de una sociedad cada vez más compleja y
burocratizada en nuestro país, pero no sólo en él, está transformando este mundo aparentemente plácido del laboratorio, la biblioteca, el archivo y las aulas universitarias en un autentico laberinto lleno de lodo. Los jóvenes investigadores de hoy —mujeres y hombres altamente formados—, con una frecuencia cada vez más acuciante, se ven forzados a sumergirse en un mundo kafkiano de burócratas que les obligan a elaborar continuamente informes y protocolos que nadie va a leer nunca; todo ello para poder investigar y obtener al mismo tiempo mínimas pensiones alimenticias; cobrar sueldos de miseria. Al papeleo dedican días y meses enteros: instancias, acreditaciones, currículos, índices de citaciones, solicitudes de proyectos, justificaciones económicas, códigos éticos, agencias de calidad y certificados de conferencias, artículos y publicaciones.

Cuando superan estos obstáculos del laberinto, quizá consigan algunos puñados de calderilla que caen de las opulentas mesas de la política, de los negocios o de los grandes monopolios y bancos. Sus trabajos y sus investigaciones han de ser presentados y publicados en revistas llamadas científicas, de impacto, JCR y otras sandeces por el estilo que nadie lee, pero que supuestamente les otorgan las credenciales imprescindibles para sobrevivir en su mundo académico.

Ellos y ellas no son dueños de sus investigaciones. Las revistas, al menos casi todas las importantes, pertenecen a oligopolios científicos ajenos a nuestros países; deciden qué temas interesan y cuáles no. Por lo tanto, nuestra investigación a menudo no puede dirigirse a lo que nos interesa sino lo que interesa a otros. Otras revistas de ese tipo son —por desgracia— el resultado de astutos cálculos de oportunidad por parte de sus promotores hasta que logran situarse en el deseado cuartil que les permitirá evaluar a los demás.

Además, con frecuencia, estos jóvenes investigadores deberán pagar a las editoriales respectivas para publicar estos artículos —que ellos saben que nadie leerá, pero que les conferirán el pedigrí científico—, de modo que un torrente de dinero de las depauperadas universidades españolas engrosará las arcas de instituciones científicas extranjeras que sí disponen de amplios recursos, dado que son ellos los que dominan las publicaciones de impacto. Todo ello contribuye al desarrollo de burbujas científicas que se retroalimentan entre sí, pero que no siempre contribuyen a crear conocimiento, objetivo ultimo de la investigación.

Y después de todo ello, será necesario a los jóvenes investigadores recorrer un largo viacrucis por el cursus honorum universitario. El resultado es un colectivo maltratado, casi castrado, que ha perdido la fe en la investigación; que se ha visto marchitar en medio de la burocracia académica, mientras aquello que realmente les apasionaba solo lo pueden desarrollar e investigar al margen de las instituciones científicas, como una actividad de diletantes en sus horas de ocio. Es entonces, en sus tiempos de ocio, cuando renace quizás la pasión por investigar, por conocer, por escribir y por indagar.

Y ellas y ellos saben que más allá, en países no muy lejanos, las universidades ofrecen facilidades para investigar o para enseñar. ¿Qué se espera que hagan? ¿Cómo impedir que los mejores se vayan? Dice Plutarco en sus Vidas paralelas que el viejo Catón se lamentaba de que «no podía ir bien un país en donde un pescado valía más que un buey». Hoy podemos emular a Catón diciendo que no puede ir bien un país en donde los que crean entretenimiento son mejor tratados, considerados y pagados que los que generan conocimiento.

 *Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

Publicado en El Cuaderno

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